
Aún recuerdo esa sensación de inmensidad. De abundancia de tiempo. De niño por ejemplo, esas vacaciones de verano que parecían eternas, llenas de posibilidades.
Esa sensación me acompañó hasta bien entrada la adolescencia, e incluso algunos años más. Después, en algún momento difícil de señalar, el paso del tiempo empezó a adquirir el peso, la entidad que tiene hoy. En retrospectiva, creo fue como esas cosas que ocurren tan lentamente que uno no las percibe hasta que ya son irreversibles.
Causas? La edad. El contexto. La madurez? Tal vez poco sentido tiene entenderlo hoy. Lo cierto es que, poco a poco, fueron erosionando aquella sensación de inmensidad.
En algún momento de la adultez el horizonte comienza a verse menos infinito. Aquí sin buscar sonar dramático, generar melancolía o nostalgia, creo que puede ser un gran motor para tomar decisiones.
Esas decisiones que uno posterga, por que todavía hay tiempo, por que aparece el miedo tal vez, por que no hay garantías de éxito, porque el riesgo se evalúa como demasiado elevado. Aún así, algo interno insiste: “hay que hacerlo”.
A veces sale bien y la satisfacción es total. Otras sale mal.. toca afrontar consecuencias, aprender y seguir. Pero incluso cuando el resultado no es el esperado, si las consecuencias no son devastadoras, suele quedar esa pequeña satisfacción de no cargar con el eterno “qué hubiera pasado si…?”.
Con el tiempo se hace más evidente también una verdad incómoda: estar ocupado es, muchas veces, una forma de pereza mental. Es más fácil “quemar horas” reaccionando a las urgencias de otros que decidir conscientemente dónde invertir nuestra atención.
Mantenerse siempre ocupado puede ser una forma elegante de evitar decidir.
El tiempo no se recupera. Cada día nos regala 24 horas. Tal vez la moneda más valiosa que existe y al mismo tiempo la más naturalizada. Hay slots fijos: descansar, comer, trabajar, cumplir responsabilidades, etc. Pero en general creo la gran mayoría tenemos esa suerte de slots disponibles bajo nuestra decisión. Tal vez no siempre son los mejores, porque nos encuentran cansados física o mentalmente. Pero están.
Otra realidad también empieza a hacerse evidente: muchas veces es más importante decidir qué NO hacer que decidir qué SÍ hacer.
Ahí aparece el verdadero valor de decidir deliberadamente:
Menos piloto automático.
Más decisiones conscientes.
Más tiempo aprendiendo.
Más tiempo enseñando.
Más conversaciones profundas.
Más tiempo presente en familia.
Más momentos simplemente estando.
Evitar esa sensación de que “el día me pasó por arriba”. De haber ido dejándose llevar, cascadeando hacia abajo. No siempre se logra. Nuevo día, nueva oportunidad.
Al inicio de cada mañana desde hace ya bastante tiempo y casi sin proponérmelo dedico unos minutos a hacer una evaluación personal y laboral. Repaso mentalmente qué es realmente importante ese día, en general lo vuelco a un txt luego para liberar la mente. Qué tiene que suceder hoy. Qué necesita avanzar para poder cerrarse mañana, la semana próxima o dentro de un mes.
Guía y objetivo que luego puede y seguramente va a verse desafiado por urgencias que surgen reclamando sus espacios de tiempo.
Aún así al final del día la pregunta más importante tal vez no sea cuántas tareas terminamos, sino cuántas de esas 24 horas realmente nos pertenecieron.